Conmigo
Hay veces en las que decido detener el mundo y bajarme de él un rato. Ocurre inesperadamente, no es algo planeado como cuando me suena el despertador y decido que ese día voy a hacer siesta si me lo permiten las circunstancias, no. Ocurre sin planearlo. Llego a casa, hago todo lo que tengo pendiente hacer y más tarde me siento en el sofá. Y me quedo en blanco.
Sencillamente yo, el sofá, mi agotamiento, mi móvil notificando whatsapps que decido ignorar, la manta perezosamente dejada caer sobre mi cuerpo, mis pies descalzos sintiendo la suavidad de la tapicería del sofá, mi peso moldeando la forma de los cojines, la mirada perdida.
Y cuando eso ocurre, a veces, apareces tú.
Y te siento cerca. Y cierro los ojos para recordar tu voz, tu risa, tu cuerpo, lo que compartimos, las bromas, las conversaciones serias y el vacío que dejas.
Recuerdo ese día en el que llegábamos tarde a un examen, tú en tu coche y yo en el mío. Sin poder aparcar y hablando por teléfono como dos almas atemorizadas porque perdíamos la convocatoria. Y me sorprendo sonriendo. Y murmullo entre dientes un “joder” rabioso a continuación. Rabioso e impotente, porque te quiero ahora aquí conmigo y no te tengo.
Te conocí risueña cuando comencé en uno de mis primeros trabajos. Durante años te vi a diario aunque sin más relación entre nosotras que un cruce de “buenos días”. No sabíamos nada una de la otra, ni siquiera nuestro nombre. Tampoco importaba. Sólo eras una persona más en mi día a día. Una persona sin importancia.
Pero coincidimos de nuevo años después. En otro lugar, otro escenario, otra edad. Me reconociste tú primero, ya sabes mis problemas de reconocimiento facial: a mí me costó bastante más ubicarte. Seguías tan risueña y llena de energía como antaño. Una cara conocida dentro de un aula donde no conocíamos a nadie más promovió que pronto llegáramos a ser buenas amigas.
Desde el primer día compartimos cafés, risas, nuevas incorporaciones al grupo de amigas/os, preocupaciones, enfados y sueños. Y con la amistad llegaron las confidencias. Y con las confidencias, me contaste tu cáncer.
Y quise ser la misma que había sido siempre. Seguí ahí, hablándote como si nunca hubiéramos tenido esa conversación, como si no supiera tu secreto: esa enfermedad que no querías hacer notar demasiado, escuchando tus quejas y preocupaciones y relativizando cualquier diagnóstico. Estuve ahí ignorando cualquier mención que se hiciera acerca de tu pelo, esquivando cualquier pregunta indiscreta que prefirieran hacerme a mí y no a ti, porque todo el mundo sabe que cuando se trata de inmiscuirse de la vida de alguien, se opta por tantear el terreno preguntando a terceras personas.
Y me contagiaste tu valentía, tu optimismo y tu fuerza. Y realmente me di cuenta de que eras una más. Y que pese a tus ciclos de quimioterapia y tu agotamiento, estabas siempre ahí cuando se te necesitaba y procuré estar siempre ahí para cuando me necesitaras tú.
Pero tu enfermedad avanzó. Y yo me alejé.
Aún recuerdo el pronóstico que anunció ese médico mientras movía su cabeza negando con su gesto sin decir nada más. Recuerdo cómo enrojecieron mis ojos y temblaron mis piernas, cómo lloré durante días por la magnitud de la rabia que sentía y por la injusticia de todo aquello.
Tuve miedo. Miedo a sufrir, miedo a lo inevitable. Tuve dudas cuando me pediste los apuntes por si no llegabas a tiempo a devolvérmelos. Inventé excusas para no verte cuando quedabas con el grupo a tomar café. Dejé de llamarte. Dejé de estar ahí.
La distancia que establecí entre nosotras me permitió dejar de llorar. Las excusas que inventé para no sentir y para centrarme en lo que realmente “era importante” me sirvieron de coraza. Me vestí con una armadura que no contenía nada. Sentía lástima con moderación, rabia resignada e impotencia fatigada. Una armadura que me impedía sentir pero me permitía avanzar. Y tuve la certeza de que si me desnudaba de esa coraza caería desplomada.
Y así seguí durante meses, tratando de vivir sin ti, como si haber asumido tu destino hubiese supuesto enterrarte antes de tiempo, mientras tú desafiabas aquel pronóstico despertando cada mañana.
Me llevó algún tiempo, pero fui aprendiendo las lecciones que da la vida aún cuando nadie las ha pedido. Aprendí que eras fuerte, y yo no. Que eras valiente, y yo no. Y que la vida no es más que la gente con la que te encuentras.
Y que quizás por caprichos del destino me sobrevivirías, quién sabe. Y poco a poco, mi coraza se fue desprendiendo. Y descubrí que no me desplomaba.
Volví a ti. Volví a tiempo.
Y no sabes cuánto agradezco haber aprendido a tiempo lo que realmente es importante. Y me di cuenta de que no todo el mundo lo aprende, porque cuando volví, tus amigos se contaban con 4 dedos, y uno era yo.
Volví a tiempo de compartir tardes frente a una mesa de bar, a tiempo de reír, a tiempo de ser parte de ti y tú de mí, a tiempo de compartir momentos, de compartir lágrimas y lamentos, de compartir largas conversaciones telefónicas.
Y duraste dos meses más.
Hasta ese sábado, en el que sonó mi móvil y era tu número, y la voz fue la de tu padre. Y supliqué a mi hermanita melliza a la que no conocí que cuidara de ti.
Ya no estás. Y sin embargo, en mis “momentos en blanco” en el sofá, apareces tú. Y en muchos momentos del día a día, vuelves a mí: conduciendo, frente a un café, cuando veo alguna de esas series policíacas que tanto te gustaban, cuando hablo con alguien, en las fotos que conservo, en mis apuntes en los que dejabas anotaciones al explicarme el complejo sistema cardiovascular, en la bandeja de entrada de mi correo electrónico...
Y me alegro de haber superado mi miedo a tiempo, porque prefiero sufrir la tristeza del recuerdo, que el reproche de la cobardía. Y estoy tranquila, porque sé que estés donde estés, sigues aquí. Conmigo.
/image%2F1182135%2F20150106%2Fob_883fdc_fotoperfil.jpg)
